lunes, septiembre 11, 2006

Una carta por las cartas que vendrán

Lima, 15 de enero del 2006

Querido abuelo:
Aquí estoy, escribiéndote la carta que jamás escribí. La carta que probablemente esperes en esa la vieja casa de la sierra ancashina, a donde no llegan las empresas postales ni la señal del celular, ni Internet... La correspondencia que tú recibes, abuelo, te llegará siempre de la mano de un familiar. Y en esos momentos, te imagino junto a la abuela, sentado con esa fría soledad de la sierra, esperando que alguien lea en voz alta la carta que te envió mamá.

Tus ojos jamás aprendieron a leer, pero reconoces de un solo vistazo la caligrafía de tus hijos. ¿Diferencias las letras claras y redondas de mamá, de las enanas y alargadas del tío Yuri? ¿Cómo haces? Casi podría asegurar que aunque conocieras las bondades de Internet rechazarías de plano el correo electrónico. ¿Todas las letras iguales? ¿Cómo identificaré de quién son las cartas?, me preguntarías. Si supieras que hace más de 60 años Heidegger -que nunca conoció Internet pero ya censuraba la máquina de escribir- decía que la carta mecanografiada ocultaba la grafía de la mano que escribe. "En la escritura a máquina, todos los hombres siempre parecerán iguales", decía el filósofo alemán. Las inconmovibles letras negras y cuadradas, ajenas a las curvas, aplastando la personalidad del remitente.

Abuelo, en todo el país los correos electrónicos han invadido los hogares: once de cada cien personas utilizan este medio para comunicarse con sus familiares, además del teléfono, claro. La gente ha dejado el "te escribiré una carta" por el "te enviaré un e-mail".

Los carteros dicen que los jóvenes ya casi no escribimos, dejamos que nuestros 'viejos' lo hagan. Parece que son ellos los que ahora, más que antes, se aferran a la escritura y al suave olor del papel. Son ellos los que con obstinación guardan la correspondencia y la sacan cada vez que quieren releerla. ¿Será esa extraña sensación, la del cariño que puede ser tocado, olido y guardado la que impulsó a las personas a enviar en Navidad más de siete millones de cartas en todo el país? íCasi el 65% de lo que se envió durante todo el año!

¿Es diciembre el mes en el que tú también recibes más cartas, no? Te llegan acompañadas por tarjetas y algún billetito. El resto de meses en cambio, la correspondencia que reparten los carteros está sazonada de notificaciones bancarias y oficios coactivos del Servicio de Administración Tributaria. "Con las cartas familiares, las personas nos reciben contentos, nos dan un vaso con agua o una fruta, pero cuando llevamos una notificación no nos la quieren aceptar, algunos hasta nos corretean recontramolestos", me ha contado Ezequiel Huayhua, un pequeño cartero de Comas, de 68 años, que tiene sus párpados agotados como los tuyos, pero camina duro. No maneja bicicleta, pero lleva unos zapatos de suelas poderosas, acondicionadas para enfrentarse al asfalto caliente del verano y a la fría garúa de julio.

El cartero Huayhua, abuelo, se desplaza en combi y puede repartir en diciembre hasta 150 cartas en un solo día. Que su apariencia no nos engañe, pequeño como es , varias veces se ha enfrentado a delincuentes que buscaban quitarle las cartas para encontrar algo de dinero. Siempre se ha salvado. "Si les hablas, ellos entienden", dice.

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Seguramente te estarás preguntando por qué algunos prefieren para comunicarse el correo electrónico en lugar del papel escrito. Imagino que tiene que ver con la inmediatez y la velocidad de los tiempos. Ahora, si alguien envía un mensaje tiene la obsesiva necesidad de recibir de inmediato una respuesta. íCómo te reirías si me vieras zamaqueando mi computadora cada vez que Internet se cuelga justo cuando espero un correo importante!

Y en honor a la verdad no siempre son mensajes urgentes. La inmediatez ha llegado de la mano con una insoportable angustia. Y a veces no nos damos cuenta que algunas cosas necesitan gramos de lentitud. "Cuando las cosas suceden con tal rapidez, nadie puede estar seguro de nada. De nada en absoluto, ni siquiera de sí mismos", decía Kundera.

Para ti, sin embargo, no hay problemas con los tiempos ni con los plazos. Te basta con saber que las cartas salieron de Lima porque estás seguro de que luego las tendrás entre tus manos, las mirarás y cada una de esas letras serán tuyas. Sí, eso eres, eso somos, fetichistas de la letra.
El poeta Marco Martos me contó que una vez le pidió a Tito Flores Galindo que le autografiara un libro, y este le respondió, socarronamente: "¿Tú también eres un fetichista de la letra?".

Apabullado, ese día el poeta no dijo nada. Meses más tarde, Martos le mostró a Flores Galindo un ejemplar de "7 Ensayos de interpretación de la Realidad Peruana" autografiado, nada menos, que por el mismísimo Mariátegui. La reacción del historiador hacia el libro de uno de sus autores más preciados fue tal que el poeta le comentó: "Tú también eres un fetichista de la letra".

Y así es, abuelo. Aunque las nuevas tecnologías nos impongan la inmediatez de la comunicación, las cartas seguirán transportando los sentimientos. Si no fuera por ellas, hoy no conoceríamos esas maravillosas cartas de amor que Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir se escribían.
No sé qué cara pondrías si recibieras un papel mecanografiado o si, algún día, cuando Internet llegue a tu querido Huayán, te muestren una computadora y te digan ese mensaje es de tu hija. Estoy segura de que lo rechazarías casi tanto como el escritor José Saramago lo ha hecho diciendo "una lágrima jamás podrá emborronar un correo electrónico".

Para el escritor, abuelo, la comunicación por medio del correo electrónico nos priva a los seres humanos de la posibilidad de transmitir emociones y supone una venganza de la tecnología. "En la comunicación directa interviene la mirada, el olor, la presencia física. En una carta puede todavía caer una lágrima, pero el correo electrónico nunca puede ir acompañado de emociones", dice Saramago pronosticando algo que me da escalofrío: "Los hombres terminarán un día encerrados en una habitación con una pantalla, comunicándose con todo el mundo pero solos".
Abuelo, dale un beso a la abuela. Un gran abrazo de mis papás para los dos. No sé cómo despedirme.... Digamos, como Julio Cortázar, nos vemos en el siguiente capítulo...

Te quiere, Nelly.

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